La poética del espacio de la casa en Gastón Bachelard

María del Amparo Barrera

Adentrarse en las lecturas de Gastón Bachelard de corte estético y psicológico es bien arriesgado, pero es un gusto intelectual que no tiene límites. Acompáñenme en este viaje. Sean mis compañeros de aventura.

Gastón Bachelard, filósofo de la ciencia, epistemólogo, profesor universitario estudioso de los problemas de la enseñanza y del aprendizaje de las ciencias naturales, campo en el que tiene sus obras más famosas, y que hemos estudiado profesores de ciencias para cualificarnos en estos procesos y hacer de la docencia un modo de vida apasionante. De estas obras, podemos citar “La formación del espíritu científico”, “Epistemología”, “El Compromiso Racionalista”. Sin embargo, Bachelard, tuvo intereses intelectuales en el campo de la estética y el arte. Su obra “El derecho de soñar” , se mueve en el arte, la pintura, el grabado, la poesía … En la obra “La poética del espacio”[1] analiza la imagen en la poesía, la psicología y ofrece la poesía como una imagen interior “En una imagen poética el alma dice su presencia” (p. 13).

Bachelard, afirma que, para hablar de la imagen poética, dejó de lado su pensamiento científico, puesto que la imagen en la fenomenología[2] de la ciencia es un evento completamente independiente de la imagen de la poesía fenomenológica: “se trata de poner fenomenológicamente a imágenes no vividas, a imágenes que la vida nos prepara y que el poeta crea” (p. 22). La clave está en las imágenes de la intimidad, y por ello se pregunta Bachelard: ¿qué es más íntimo que la casa? Así surge la poética de la casa, como una primera aproximación a la poética del espacio.

La casa

Fotografía de Iván Vladimir Aragón

Para adentrarnos en los valores de la intimidad del espacio interior. Bachelard propone la casa. La casa que habitamos o la que soñamos habitar, la casa de la infancia, la de las diferentes etapas de la vida, así recibimos en el espacio una cantidad de imágenes dispersas que la imaginación aumenta. No se debe considerar la casa como un objeto, se la debe mirar fenomelógicamente, porque es nuestro sitio en el mundo. Es nuestro orden, así “nos preguntamos cuál es el beneficio más precioso de la casa diríamos: la casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz” (p. 36¨).

Al albergar la casa el ensueño, cuando la rememoramos ese ensueño crea más ensueños, es el espacio de los sueños y los ensueños, es el espacio hecho poética. Las casas que hemos habitado son imperecederas y por asociación de ideas siempre volvemos a ellas en cualquier momento de la vida.

No obstante, la primera casa que evocamos se convierte en la casa madre, la casa protectora que sostiene al infante en sus brazos, que es sinónimo de calidez, así se llega al albergue de los recuerdos: la casa. La casa del ensueño es vertical, donde se oponen el tejado y el sótano. El tejado es sinónimo de protección, nos cuida del agua y del sol, los tejados varían de acuerdo con la situación geográfica de la casa y representan, para el soñador un ensueño, porque se puede soñar y soñar despierto, ya que está protegido. ¿Qué hay más seguro en un día de tormenta que estar en la casa, disfrutando de un café caliente que se anida entre las manos?

Así la casa madre nos lleva desde el sótano a la guardilla, pasado por la zona social, es en esta última donde pasamos la mayor parte del tiempo. El desván, al decir de hoy, es la zona de conford, es el presente, es la seguridad, ahí están las escaleras que se suben y se bajan de manera segura y ágil, son las escaleras que van a las habitaciones, donde el ensueño y el sueño se mezclan en el espacio íntimo del vivir. De la zona social parten escaleras, las que bajan al sótano -siempre bajan- y la escalera que sube y siempre sube, es la que nos lleva a la guardilla. La guardilla y el sótano son los elementos para analizar a profundidad la verticalidad de la casa; que a la vez es el eje para fenomenología de la imaginación.

Decimos que las escaleras que bajan al sótano bajan y siempre bajan porque nos llevan a esas zonas más oscuras generadoras de miedo al ensueño, es en el sótano donde guardamos nuestros miedos y temores mas intensos u oscuros, de ahí que tratamos de no bajar.

El sótano, se acepta enumerando sus bondades: guardan los muebles viejos, las cosas que sobran, pero por nostalgia no se echan a la basura, los adornos de navidad que se utilizan al final de cada año y durante este tiempo duermen en el sótano esperando subir las escaleras y llegar a la zona social. El sótano es la parte más oscura y desordenada de la casa. Cuando se tiene que bajar se piensa más de una vez, para tomar aliento. Desde el punto de vista fenomenológico del espíritu es el sitio donde se almacen los más turbios recuerdos, los que queremos olvidar pero que siempre retornan, Bachelard nos dice: “soñando en él, nos acercamos a la irracionalidad de lo profundo” (p. 49).

Cuando subimos a la guardilla no queremos bajar, allí el ensueño se hace vida, porque es el sitio donde compartíamos nuestras soledades y nuestros sueños despiertos, nos podía parecer pequeña y estrecha, ahora en la intimidad del ensueño es “pequeñay grande, fresca y cálida, siempre consoladora” (p. 40).

¿Dónde queda el tiempo en las imágenes de la intimidad?

Fotografía de Iván Vladimir Aragón

Desde el punto de vista de la localización de los recuerdos, es en la casa donde se albergan, desde el psicoanálisis se debe internar en este mundo del sueño y del ensueño, a este tipo de análisis auxiliar del psicoanálisis Bachelard lo denomina topoanálisis. “el topoanálisis sería, pues, el estudio psicológico de los parajes de nuestra vida íntima” (p. 38). Si los recuerdos se albergan en la casa, no se dan en el tiempo, son fijaciones en espacio; de este modo el “espacio lo es todo, porque el tiempo no anima la memoria. La memoria – ¡cosa extraña! – no registra la duración concreta” (p. 39), no se puede revivir intervalos abolidos. Solo son pensables en un tiempo abstracto, sin espesor. Bachelard es claro al afirmar que localizar un recuerdo en el tiempo es parte de la biografía o del historiador. La intimidad de las imágenes es atemporal, solo viven en el espacio, tampoco es necesario que sean exactas, solo que se den en nuestro espacio interior.

La casa de la infancia o la casa en que más hemos vivido, nos genera gestos, actitudes y aptitudes, porque la casa se lee, se lee un espacio y nos trivializa los gestos. Quién no ha vivido la experiencia en un cambio de morada e intituivamente va a prender un foco y la mano se desplaza hacía el interior de la estancia, como en la “casa madre”, y en esta nueva morada el interruptor está afuera, de dónde nace esta acción, del tiempo o del topoanálisis, del paraje de nuestra vida íntima que está vivo en el ensueño del recuerdo. Así es como en esta casa madre hemos aprendido a jerarquizar las funciones de lo que es el habitar y es lo que nos permite hubicarnos en cualquier otra estancia, porque son variaciones del tema fundamental que es el habitar: “no se olvida la casa inolvidable” (p. 45).

A modo de conclusión

Esta careta de Bachelard, es absolutamente deconstructivista, porque en la intimidad del espacio interior, no hay cabida a la lógica, no hay tiempo, a través de la lectura de mi espacio interior entro a mi propio mundo onírico; cuando Bachelard habla de su habitación de la infancia, su descripción queda en suspenso, para que el lector entre a su propia habitación de la infancia y viva el ensueño de sus propios recuerdos. Es poesía hecha carne en las cuartillas de la Poética del Espacio.

Continuará…


[1] Las citas corresponden a la obra La Poética del espacio. Bachelard, G., La poética del Espacio.Fondo de Cultura Económica, Santafé de Bogotá 1993.

[2] La fenomenología- es decir la consideración del surgir de la imagen en una conciencia individual- [p-10]