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Crónica de un amor incondicional: El adios irreversible.

Hoy fluyen a mi mente muchos recuerdos, en el año 2004, un compañero de la Universidad me hizo un hermoso regalo: una encantadora perrita, de mes y medio de nacida, la llamamos Toti, no por la Toti Vergara, en mi curso de marquetería, el “profe” tenía una perrita Doverman con ese nombre, esa perrita me quiso mucho, hasta se orinaba de la alegría cuando yo llegaba a clase. Como homenaje a este cariño desinterasado, le pusimos Toti a nuestra Toti.

Era pequeñita, cabía en una mano, llegamos a la casa, Cristian estaba durmiendo y se la lleve, lo desperté, se la puse en la cama y nos fuimos al Portal de la 80, para comprar la infraestructura que implica la llegada de un nuevo miembro a la familia.

Iván Mauricio tuvo poco contacto con Toti, cuando la perrita llegó a nuestra vida, él estaba radicado en Mx, y solo compartió con ella en la vacaciones y creo que en ocasiones fue poco grato porque no lo dejaba dormir hasta las 12 m., se metía en la alcoba de él a gemir y lo despertaba. Pero, sin duda, ella lo conquistó, porque en Bélgica, el se hizo a una perrita labrador que llamó Tora.

Era un juguete ambulante, le enseñamos hacer pis y popo en el patio de la casa, cada dos horas con Cristian la bajábamos al patio de la casa, y abríamos la llave del lavadero así aprendió. Desde esa edad mostró ser muy inteligente. Fue creciendo y como todo cachorrito era tremenda, mordió mis tenis y los dejó vueltos nada, se comió un cableado ponchado del computador, Cristian le tocó madrugar a Unilago para hacer ponchar un nuevo el cable, otro día estando sobre la cama, Iván estaba viendo televisión, y se ensañó en la antena del celular Nokia, que quedó con los dientecitos marcados hasta el final de sus días, cuando queríamos que se quedara en el segundo piso, la dejábamos sobre la cama, a medida que fue creciendo no la volvimos a subir a la cama, aprendió a meterse debajo.

La llevamos a la casa de Ginebra en avión, fuimos donde el veterinario y nos dio unas góticas para que viajara tranquila, esas gotas la doparon un poco; no sabíamos que había que pedir guacal, y cuando llegamos al checking nos dijeron que no podía viajar, yo me puse a llorar, no quería dejarla sola con Iván, porque él solo en la casa no contaba con el tiempo para el cuidado, la gente que estaba adelante y atrás de nosotros se solidarizaron y empezaron a decir lleven a Toti, había un joven que se notaba estaba drogado decía: “esa perrita esta sollada, lleven a Toti” fue tanto el show nuestro y de la gente que por arte de magia apareció un guacal de la aerolínea y la pudimos embarcar.

Siendo una cachorrita, se gozo la vacación, cuando mojaban la uva se iba corriendo por el chorro jugando, quedaba empapada pero se le notaba la felicidad, también nos dio sustos, un día se puso a morder un palo y se le atravesó una estaca y toco salir despecuecados donde el veterinario para que se lo sacará. Dormía en la casa, y dada su inteligencia, asimiló el patio de Bogotá con el patio de Ginebra y ahí hacia sus necesidades.

En esos días yo venía sola a Ginebra por periodos de tiempo no mas de un mes, y Toti era la gran compañía, si me daba pereza cocinar tenía que hacerlo por ella, aprendió que se come en familia, cuando yo servía mis alimentos le servia a ella en el piso junto a mi y comíamos al mismo tiempo, aprendió eso y con el curso del tiempo fue un problema, porque solo comía cuando comíamos nosotros, si nosotros no nos sentábamos a la mesa ella no comía, se echaba mirando el plato. Creo que esa fue en parte la causa de su partida al cielo de los perritos. Cuando viajábamos dejaba de comer dos o tres días después comía lo mínimo para no morir de hambre y siempre que volvíamos a la casa estaba flaquita, claro que cuando era joven se recuperaba rápidamente, con el paso de los años las recuperaciones no fueron tan exitosas.

Nuestra Toti era tan amorosa con nosotros, cuando Cristian venía a pasar unos días con nosotros, ella se apegada a él, y cuando Cristian se iba a seguir su vida en Bogotá, y después en México, dejaba de comer, la primera vez, me tocó llamar a Cristian al celular y que él le dijera que comiera, le puse el teléfono en su orejita batió la colita, o como yo decía el “cartilago” y volvió a comer.

Toti fue víctima de despedidas y saludos, ella entendía que nos íbamos de viaje, cuando nos veía empacando y sacando maletas, y desde ese momento se echaba a morir. Para nosotros también eran duras las despedidas porque éramos concientes que ella estaba sufriendo. Siempre le decía: “pórtate bien, come, cuídate quiero encontrarte linda, nosotros, Dios mediante volvemos”. Ya era tan grande que no podíamos llevarla de viaje con nosotros.

En fin hay tantos recuerdos unidos a su corta existencia, la vez que viajamos por tierra, pasando por el Alto de la Línea iba muy incomoda, yo iba en el asiento de atrás con ella, Cristian e Iván iban adelante. Le puse una bolsa en el hocico pensé que eran ganas de vomitar. Cuando llegamos a Cajamarca, paramos a comer algo y ventilar la perrita, Iván y yo fuimos a la cafetería cercana y Cristian se quedó con la perrita, en el parque cuando llegamos nos contó que se hizo una “cagada enorme” usó como cuatro bolsas recogiendo los “biscochos” y la miada fue memorable, conclusión, no eran ganas de vomitar eran necesidades biológicas.

Construía conocimiento muy fácil, cuando sentía el movimiento de llaves del carro, era la primera que estaba montada, cuando sentía el crujir de bolsas de comida, era la primera en llegar al paquete, comía de todo. Un día estando en Buga con mi mamá y David, compramos conos, mamá iba en el asiento de adelante David, la perrita y yo estábamos atrás, mi mamá le dijo algo a David, el acercó la oreja y estiro la mano del cono hacía atrás, pues la nena no desaprovechó la oportunidad de lenguetearlo, en fin toco bajar y comprar otro cono. Esa era mi niña de cuatro patas!.

Cuando fue mamá, mostraba orgullosa sus niños, se criaron seis perritos, tres eran dorados y los otros tres negros. Quien sabe con qué perro la Toti se dío sus gustos. Sonia y Rafa adoptaron una parejita, los llamaron Terry y Ronda, a la finca el Recreo, casa paterna de Iván, fue otro cachorrito lo llamaron Tony, Pablo era tan original para buscar nombres, que a todos los perros los llamaba Tony, en memoria de un perro que fue muy querido por toda la familia y que mis suegros levantaron años atrás. Los otros tres perritos, los regalamos, por ese entonces decíamos que había mancillado el honor de la familia, pues se embarazó sin “permiso”. Fue muy buena mamá, los dejaba solos si sentía crujir de paquetes de golosinas o se agarraban las llaves del carro; en esos momentos dejaba un reguero de perritos, pues se levantaba a mil y todos los bebés salían a volar.

De otro nacimiento de bebés, llegó Dana, pero Toti enfermó y toco operarla, porque los otros perritos se murieron en el vientre, la llamamos Dana, no por Dana García, la actriz colombiana, sino porque la mamá de Toti se llamaba Dana. Puras coincidencias los nombres de las perritas. Danita fue un caso particular a los tres días de nacida, Toti no la pudo cuidar durante seis días por la cirugía, con Iván la levantamos, tocaba darle biberón cada tres horas, de día y de noche, tenerla en una especie de incubadora con un bombillo hasta cuando Toti pudo asumir sus funciones de mamá.

Hay muchas anécdotas, esto es solo una pequeña panorámica sobre la corta vida de Toti, que el 28 de mayo de 2016, se fue al cielo de los perritos. Escribo estas líneas para manejar el vacío que nos dejó. Menos mal que ahora se escribe con el teclado de un computador, sino se hubiera chorriado la tinta por las lágrimas que en algunos partes han corrido por mis mejillas. Para mi es un buen ejercicio redactar, bien sea en momentos de tranquilidad, de tristeza o simplemente escribir, creo que esto me nació cuando dejé de trabajar y de escribir artículos para publicación durante los últimos años de mi vida laboral universitaria. Hoy siento que algo de Toti se quedó con nosotros, todavía la siento en la casa, cuando Dana y Tora entran a la casa , por la mañana, añoro mucho el saludar a Toti, para mí fue una situación límite en el sentido de Jaspers, es afrontar la muerte.